El Bibliotecario que se sacó La Lotería
Por Mario Arce Solórzano / Bibliotecólogo
Hablando con propiedad nos damos cuenta que el bibliotecario es un profesional agraciado de todo, menos del salario que gana. Pero si a todas esas gracias le agregamos otras virtudes, pues, claro está, que tendremos un producto humano de alto valor adquisitivo para las féminas mayormente.
Víctor, era blanco, alto y ojos gatos, su padre era un militar de la dictadura, que el defendía más que a su propia mujer. Una preciosa dama que le gustaban las fiestas sociales, el buen vestir, la gastronomía popular, dormir y mandar a la Eufemia al mercado con dos pesos y pedirle, "vuelto" a su asistente, "ve", le decía, "Sí, no me traés vuelto mejor no vengas, ya te lo digo", y la asistente que no era ninguna sonsa, agarrando la vara, le preguntaba: "Y como ¿cuánto sería de vuelto?" y al bolsazo le contestaba, "como cinco pesos, más o menos" y la Eufemia respondía: "aaaaaah".
De esa maravillosa veta de virtudes, Víctor había heredado lo mejor. Antes de los 15 años se había autobautizado, con "morir soñando" un elixir autóctono, luego pasó al "zanatillo", después a la "cañita", la "cususa", ya no digamos las cervezas ... De él decían sus amigos que "Víctor había nacido con sed". La presunción, era una de sus más connotadas características, incluyendo la envidia, el egoísmo y el amor al dinero, "porque el dinero", decía, "lo compra todo". Al futuro bibliotecario no le gustaban los libros. "Me trae mala suerte", decía, refunfuñando.
Se bachilleró Víctor y le hicieron una fiesta "de pedido", la mamá llamó a sus amigos, que no eran pocos, puesto que su hijo era carismático, "todo el mundo lo adora a mi hijo", decía en voz alta, al ver el poco de vagos estirados como lagartos al sol, por la sala y el corredor de la casa. Esa psicología siempre le daba resultado. La pandilla como evangelistas, golpeaban de puerta en puerta asombrando al oyente de las virtudes del bachiller, mientras, Víctor aliñó todos los libros que encontró en su casa, en el vecindario y los vendió en el mercado. Así recopilaron buen dinero y se hizo un fiestón.
De semejante jolgorio, resultó que el tal Víctor se le fue la, la ... la mano con la hija del Teniente López, antes de los nueve meses surgió la evidencia. Los casaron, ambos sin oficio ni beneficio pero con suerte. A ella, la emplearon en un almacén de los militares, ganaba bien y casi todos los días, hacía "horas extras", así explicaba el rápido crecimiento de sus rentas. Lo mismo pasaba con Víctor, era el chofer y asistente de un burócrata, que trabajaba en el "Ministerio del Futuro", cuya esposa siempre requería al chofer por las compras, para el médico, dónde sus amigas ... y luego le decía al marido: "Pagale unas ‘extras' a Víctor, vos vieras que bien se porta conmigo, es un amor".
El burócrata le pagaba los servicios "extras" a Víctor con una orden y una botella de wisky, de la ración mensual que iba a traer al Almacén de la Guardia, la orden era oral: "Te ordeno que vendás ese cuadro, le dijo el Burócrata y al punto, un tanto asustado, Víctor respondió, "pero ese es del Presidente", sin que le temblara la lengua al jefe sentenció: "si querés el pago de las "extras" andá vendelo, sino te jodés y se acabó el asunto". Víctor y su mujer, por su parte, con el fruto del trabajo de ambos, compraron una casa modesta, la amueblaron, la pusieron bonita y se sentían orgullosos de sus adquisiciones. Víctor, tenía miedo que lo descubriesen.
En cierta ocasión, cerca de las elecciones, llegó el momento más esperado y la orden presidencial más sorprendente para Víctor; en plaza pública el Presidente ordenaba la desaparición "ipso facto", de inmediato, del "Ministerio del Futuro", como inexplicable, inexistente e innecesario para la educación del pueblo y el tal Víctor hasta que brincaba de alegría y dentro de sí, decía: "Y sí buscan, que van a encontrar, ayer mismo vendí el escritorio del jefe e íbamos 50 y 50, era lo último valioso que quedaba".
Víctor, movió sus teclas con su amante y ésta lo ubicó en el Ministerio de Educación Popular, de ascensorista, al principio le gustó pero con el tiempo se le quitaron las ganas de trabajar. Conoció a todo el personal, hizo varias jugadas increíbles, la más notoria fue la del majestuoso cuadro del presidente, que vendió y compró 12 veces al mismo ministerio sin sacarlo del edificio, solo lo trasponía y luego, lo volvía a colocar en su lugar. Además, libro mal puesto que encontraba, libro que iba a parar el mercado.
Cierto día en una "juerga" con compañeros de trabajo, le preguntó infidentemente al Intendente: "¿Cuál es el puesto dónde se trabaja menos y te pagan tu salario?", "El de bibliotecario", le respondió interesadísimo el Intendente. Éste, que quería conseguir los servicios "extras" de la hermosa bibliotecaria, le había dicho: "Vea Victoria, si yo la saco de esta ratonera, Usted "me lo suelta, verdad", ella contestó: "Sí hay una mejor compensación en el salario sí, si no, no".
Al lunes siguiente, Víctor se convirtió por obra y gracia del Intendente en el Bibliotecario del Ministerio de Educación Popular, a raíz de las pérdidas misteriosas del cuadro del presidente, el ministro ordenó muchas medidas de protección al patrimonio del Ministerio, por ejemplo, todo libro que entraba tenía que ser sellado al menos en tres páginas distintas, los muebles fueron contados y codificados, en fin, a Víctor se le había acabado el negocio de la compra-venta. En ese momento la suerte le sonreía.
Pero su mujer, hasta que echaba humo trabajando, y a él le quedaba más tiempo para pasar con la niña, que iba para señorita, la cual pasaba todo el día en el colegio, mientras su papá se entretenía con la Eufemia. La mujer miraba al señor con mucho respeto, hasta que "el gato cazó al ratón" y ella salió perdiendo. Las entradas iban mermando, la situación familiar ya se filtraba en el vecindario.
Como era su costumbre, los lunes, se encargaba de la correspondencia, ese día, llegaba en ella una beca donde lo invitaban a un curso de capacitación. Perezosamente, pasó buscando información en los anaqueles de su propia biblioteca y encontró un manual, que le abrió las puertas de la felicidad; al mismo tiempo, se dio cuenta, que parte del magisterio nacional estaría en el curso, se enteró que asistirían muchas mujeres para tan pocos hombres, con esa motivación, se dedicó a estudiar el curso por su cuenta para luego dedicarse a la caza y la pesca en aquel río revuelto que le dejaría buenas truchas.
El primer día del Curso estudió a los maestros, al día siguiente a cada una de sus compañeras y sus cinco compañeros varones. No vio desventajas solo beneficios y procedió a la conquista del territorio, esta vez a través del conocimiento. Por primera vez se sentía portador del Santo Grial del Bibliotecario. Y al final, por su desenvolvimiento, lo nombraron: Maestro Bibliotecario, iba viento en popa su suerte y se decía a sí mismo: "por fin he alcanzado un puesto de respeto, ahora soy yo el jefe, el que escoge la trucha que se va a comer y por cierto ya llevo media docena".
Pero el diablo es diablo, Víctor se enamoró de una maestra bibliotecaria rubia y muy inteligente, ella lo convirtió en su asistente y lo acaparó. Le prometió el paraíso, si le era fiel y como el ya sabía que era eso, se rindió a sus encantos. Esa rubia era una magistrada de la Corte Suprema de Justicia, con mucho poder. En esa época renacieron los cursos y los ascensos para Víctor, del Ministerio de Educación Popular, pasó a la Biblioteca Nacional, donde lo distinguieron con la orden del "Ganso", eufemísticamente: "Me canso de no hacer tanto".
De ahí pasó a la Biblioteca del Banco Central, después a la Biblioteca del Magistrado presidente, quien para quitárselo de encima lo premió con una pasantía, en la Biblioteca de la Asamblea y en fin, la rubia ya no encontraba lugar para él. Entonces ideó nombrarlo Bibliotecario de su Despacho. Lo puso a mecate corto y Víctor comenzó a desquitar su salario.
Con tanto conocimiento en su satánica inteligencia se dedicó, decía él: "a la historia y literatura antigua", y comenzó a compilar todo los libros de gran valor, puesto que en esa ocasión, lo asesoraba un viejo librero, que fue miembro de la guerrilla revolucionaria. Cada Semana, era un lote de libros los que Víctor sacaba al mercado negro y así le entraba la plata, en borbollones y a veces, con mañas y truculencias, le vendía libros al propio Despacho de su Biblioteca.
El alerta surgió en la Biblioteca Nacional cuando el librero llegó a ofrecer en venta una obra Príncipe de Rubén Darío, un libro muy custodiado. ¿Cómo es posible que ande en otras manos comentó el Director? En el Ministerio de Educación Popular, faltaban los 25 juegos de las Enciclopedias que la OEA, envió de obsequio para 25 bibliotecas escolares; de la Biblioteca del Banco Central hacía falta la Historia Secreta del FSLN; en la Asamblea se investigaba donde estaba el óleo y la Primera Constitución revolucionaria; el Magistrado Presidente buscaba afanosamente su Protocolo y la Magistrada rubia se quejaba de la desaparición de las primeras Constituciones que estaban en una vitrina a su cuidado en su propia oficina.
Víctor, se sentía el bibliotecario más afortunado, para celebrar su triunfo, hizo un fiesta en su casa; para disimular el derroche y la borrachera, corrió la voz que se había sacado la Lotería. En la madrugada de la fiesta, llegaron unos asaltantes y arrasaron con todo. Y con el alba varias patrullas G.N., buscaban al Bibliotecario ladrón de documentos, y saqueador del Patrimonio Bibliográfico del país. Fue juzgado y condenado a 15 años, sin acceso a libros ni a bibliotecas. "Yo sabía que los libros no me traería buena suerte", rezongaba Víctor en las cárceles del hormiguero.
Managua, 1 de enero, 2012