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Terra
La Coctelera

Prosema nicaragüense

AMANECIDA DE MAÑANITA

-Prosema-

 

Contigo no existe la rutina tu imitas al sol eres aurora

cenit ocaso respiras los días como arco iris y se suceden

como haz de luces paridas en un solo momento seguido

de la estela hermosa de tu figura griega-oriental lumen

áloe del dulce hogar óleos copian tus féminos mármoles

blancos muslos cual  nubes de invisibles burbujas rojas

persigo hasta el  último rincón azul-azul de los linderos

donde lo tuyo  lo mío se vuelve y se envuelve y revuelve

amor aurora noche madrugada rico frutal amanecida de mañanita cuando tú habida de luz imitas al sol, Nairim.

 

 

Mario Arce Solórzano

Amor en la Biblioteca

AMOR EN  LA BIBLIOTECA

 

A un paso de la biblioteca

No le dije que ya la quería

De tanto leerla como a una Enciclopedia,

Universal Ilustrada

Un día la llamé para decirle...

¡Sorpresa!

«Te invito al mar» -me dijo-      

Y sentí un tsunami en mí

Océano perdido mareado aturdido

Por la química del amor

Olvidé decirle: «Te amo»

 

Antes del mar, sólo en la biblioteca

Miraba sus cristalinos suspiros

Brotando de su aureola enamorada

Silenciosa conquista para un bárbaro

Cuidando la quietud en el templo de los libros

De referencia que gritaban ¡silencio!

El amor está a punto de dar a luz en el mar.

Después... el mar unió a su sal, su luz

La biblioteca también se iluminó

Surgieron palabras, metáforas, versos

La marea se apropio de las neuronas

La sal en la luz marinó su rostro Oriental

Brisa viento  espumas y libros de arenas

Las olas esculpieron en la roca

Lo tuyo, lo mío y

En profecía, lo nuestro.

 

Mario Arce Solorzano

 

 

Anécdotas Bibliotecarias Nicaragüenses

 

El Bibliotecario que se sacó La  Lotería

Por Mario Arce Solórzano  /  Bibliotecólogo 

Hablando con propiedad nos damos cuenta que el bibliotecario es un profesional agraciado de todo, menos del salario que gana. Pero si a todas esas gracias le agregamos otras virtudes, pues, claro está, que tendremos un producto humano de alto valor adquisitivo para las féminas mayormente.

Víctor, era blanco, alto y ojos gatos, su padre era un militar de la dictadura, que el defendía más que a su propia mujer. Una preciosa dama que le gustaban las fiestas sociales, el buen vestir, la gastronomía popular, dormir y mandar a la Eufemia al mercado con dos pesos y pedirle, "vuelto" a su asistente, "ve", le decía, "Sí, no me traés vuelto mejor no vengas, ya te lo digo", y la asistente que no era ninguna sonsa, agarrando la vara, le preguntaba: "Y como ¿cuánto sería de vuelto?" y al bolsazo le contestaba, "como cinco pesos, más o menos" y la Eufemia respondía: "aaaaaah".

De esa maravillosa veta de virtudes, Víctor había heredado lo mejor. Antes de los 15 años se había autobautizado, con "morir soñando" un elixir autóctono, luego pasó al "zanatillo", después a la "cañita", la "cususa", ya no digamos las cervezas ... De él decían sus amigos que "Víctor había nacido con sed". La  presunción, era una de sus más connotadas características, incluyendo la envidia, el egoísmo y el amor al dinero, "porque el dinero", decía, "lo compra todo". Al futuro bibliotecario no le gustaban los libros. "Me trae mala suerte", decía, refunfuñando.

Se bachilleró Víctor y le hicieron una fiesta "de pedido", la mamá llamó a sus amigos, que no eran pocos, puesto que su hijo era carismático, "todo el mundo lo adora a mi hijo", decía en voz alta, al ver el poco de vagos estirados como lagartos al sol, por la sala y el corredor de la casa. Esa psicología siempre le daba resultado. La pandilla como evangelistas, golpeaban de puerta en puerta asombrando al oyente de las virtudes del bachiller, mientras, Víctor aliñó todos los libros que encontró en su casa, en el vecindario y los vendió en el mercado. Así recopilaron buen dinero y se hizo un fiestón.  

De semejante jolgorio, resultó que el tal Víctor se le fue la, la ... la mano con la hija del Teniente López, antes de los nueve meses surgió la evidencia. Los casaron, ambos sin oficio ni beneficio pero con suerte. A ella, la emplearon en un almacén de los militares, ganaba bien y casi todos los días, hacía "horas extras", así explicaba el rápido crecimiento de sus rentas. Lo mismo pasaba con Víctor, era el chofer y asistente de un burócrata, que trabajaba en el "Ministerio del Futuro", cuya esposa siempre requería al chofer por las compras, para el médico, dónde sus amigas ... y luego le decía al marido: "Pagale unas ‘extras' a Víctor, vos vieras que bien se porta conmigo, es un amor".

El burócrata le pagaba los servicios "extras" a Víctor con una orden y una botella de wisky, de la ración mensual que iba a traer al Almacén de la Guardia, la orden era oral: "Te ordeno que vendás ese cuadro, le dijo el Burócrata y al punto, un tanto asustado, Víctor respondió, "pero ese es del Presidente", sin que le temblara la lengua al jefe sentenció: "si querés el pago de las "extras" andá vendelo, sino te jodés y se acabó el asunto". Víctor y su mujer, por su parte, con el fruto del trabajo de ambos, compraron una casa modesta, la amueblaron, la pusieron bonita y se sentían orgullosos de sus adquisiciones. Víctor, tenía miedo que lo descubriesen.

En cierta ocasión, cerca de las elecciones, llegó el momento más esperado y la orden presidencial más sorprendente para Víctor; en plaza pública el Presidente ordenaba la desaparición "ipso facto", de inmediato, del "Ministerio del Futuro", como inexplicable, inexistente e innecesario para la educación del pueblo y el tal Víctor hasta que brincaba de alegría y dentro de sí, decía: "Y sí buscan, que van a encontrar, ayer mismo vendí el escritorio del jefe e íbamos 50 y 50, era lo último valioso que quedaba".

Víctor, movió sus teclas con su amante y ésta lo ubicó en el Ministerio de Educación Popular, de ascensorista, al principio le gustó pero con el tiempo se le quitaron las ganas de trabajar. Conoció a todo el personal, hizo varias jugadas increíbles, la más notoria fue la del majestuoso cuadro del presidente, que vendió y compró 12 veces al mismo ministerio sin sacarlo del edificio, solo lo trasponía y luego, lo volvía a colocar en su lugar. Además, libro mal puesto que encontraba, libro que iba a parar el mercado.

Cierto día en una "juerga" con compañeros de trabajo, le preguntó infidentemente al Intendente: "¿Cuál es el puesto dónde se trabaja menos y te pagan tu salario?", "El de bibliotecario", le respondió interesadísimo el Intendente. Éste, que quería conseguir los servicios "extras" de la hermosa bibliotecaria, le había dicho: "Vea Victoria, si yo la saco de esta ratonera, Usted "me lo suelta, verdad", ella contestó: "Sí hay una mejor compensación en el salario sí, si no, no".

Al lunes siguiente, Víctor se convirtió por obra y gracia del  Intendente en el Bibliotecario del Ministerio de Educación Popular, a raíz de las pérdidas misteriosas del cuadro del presidente, el ministro ordenó muchas medidas de protección al patrimonio del Ministerio, por ejemplo, todo libro que entraba tenía que ser sellado al menos en tres páginas distintas, los muebles fueron contados y codificados, en fin, a Víctor se le había acabado el negocio de la compra-venta. En ese momento la suerte le sonreía.

Pero su mujer, hasta que echaba humo trabajando, y a él le quedaba más tiempo para pasar con la niña, que iba para señorita, la cual pasaba todo el día en el colegio, mientras su papá se entretenía con la Eufemia. La mujer miraba al señor con mucho respeto, hasta que "el gato cazó al ratón" y ella salió perdiendo. Las entradas iban mermando, la situación familiar ya se filtraba en el vecindario.

Como era su costumbre, los lunes, se encargaba de la correspondencia, ese día,  llegaba en ella una beca donde lo invitaban a un curso de capacitación. Perezosamente, pasó buscando información en los anaqueles de su propia biblioteca y encontró un manual, que le abrió las puertas de la felicidad; al mismo tiempo, se dio cuenta, que parte del magisterio nacional estaría en el curso, se enteró que asistirían muchas mujeres para tan pocos hombres, con esa motivación, se dedicó a estudiar el curso por su cuenta para luego dedicarse a la caza y la pesca en aquel río revuelto que le dejaría buenas truchas.

El primer día del Curso estudió a los maestros, al día siguiente a cada una de sus compañeras y sus cinco compañeros varones. No vio desventajas solo beneficios y procedió a la conquista del territorio, esta vez a través del conocimiento. Por primera vez se sentía portador del Santo Grial del Bibliotecario. Y al final, por su desenvolvimiento,  lo nombraron: Maestro Bibliotecario, iba viento en popa su suerte y se decía a sí mismo: "por fin he alcanzado un puesto de respeto, ahora soy yo el jefe, el que escoge la trucha que se va a comer y por cierto ya llevo media docena".

Pero el diablo es diablo, Víctor se enamoró de una maestra bibliotecaria rubia y muy inteligente, ella lo convirtió en su asistente y lo acaparó. Le prometió el paraíso, si le era fiel y como el ya sabía que era eso, se rindió a sus encantos. Esa rubia era una magistrada de la Corte Suprema de Justicia, con mucho poder. En esa época renacieron los cursos y los ascensos para Víctor, del Ministerio de Educación Popular, pasó a la Biblioteca Nacional, donde lo distinguieron con la orden del "Ganso", eufemísticamente: "Me canso de no hacer tanto".

De ahí pasó a la Biblioteca del Banco Central, después a la Biblioteca del Magistrado presidente, quien para quitárselo de encima lo premió con una pasantía, en la Biblioteca de la Asamblea y en fin, la rubia ya no encontraba lugar para él. Entonces ideó nombrarlo Bibliotecario de su Despacho. Lo puso a mecate corto y Víctor comenzó a desquitar su salario.

Con tanto conocimiento en su satánica inteligencia se dedicó, decía él: "a la historia y literatura antigua", y comenzó a compilar todo los libros de gran valor, puesto que en esa ocasión, lo asesoraba un viejo librero, que fue miembro de la guerrilla revolucionaria. Cada Semana, era un lote de libros los que Víctor sacaba al mercado negro y así le entraba la plata, en borbollones y a veces, con mañas y truculencias, le vendía libros al propio Despacho de su Biblioteca.

El alerta surgió en la Biblioteca Nacional cuando el librero llegó a ofrecer en venta una obra Príncipe de Rubén Darío, un libro muy custodiado. ¿Cómo es posible que ande en otras manos comentó el Director? En el Ministerio de Educación Popular, faltaban los 25 juegos de las Enciclopedias que la OEA, envió de obsequio para 25 bibliotecas escolares; de la Biblioteca del Banco Central hacía falta la Historia Secreta del FSLN; en la Asamblea se investigaba donde estaba el óleo y la Primera Constitución revolucionaria; el Magistrado Presidente buscaba afanosamente su Protocolo y la Magistrada rubia se quejaba de la desaparición de las primeras Constituciones que estaban en una vitrina a su cuidado en su propia oficina. 

Víctor, se sentía el bibliotecario más afortunado, para celebrar su triunfo, hizo un fiesta en su casa; para disimular el derroche y la borrachera, corrió la voz que se había sacado la Lotería. En la madrugada de la fiesta, llegaron unos asaltantes y arrasaron con todo. Y con el alba varias patrullas G.N., buscaban al Bibliotecario ladrón de documentos, y saqueador del Patrimonio Bibliográfico del país. Fue juzgado y condenado a 15 años, sin acceso a libros ni a bibliotecas. "Yo sabía que los libros no me traería buena suerte", rezongaba Víctor en las cárceles del hormiguero.

Managua, 1 de enero, 2012                          

Anécdotas de Bibliotecarios Nicaragüenses

  

LA BIBLIOTECA NACIONAL, ANTES DE 1972

Un antiguo amigo y bibliotecario que trabajó por muchos años en esa institución, Germán Z. Angulo Cifuentes, creo que se llamaba, era un viejón alto, usaba anteojos de culo de botella y caminaba como encorvado, según su memorial dice que cuando la Biblioteca Nacional, se asentó entre el mercado Central y San Miguel, en una casa de dos pisos, esa casa estaba embrujada por un hijo del Teniente Coronel Juan Leiva, dueño de la propiedad, que había muerto de una rara enfermedad, primero lo encerraron en una celda construida en el sótano de la casa, de ahí solo salían los gritos de dolor y sufrimiento del joven muerto. La familia se mudó, puso en alquiler la casa que por más de un año estuvo deshabitada, por el temor a su fantasma.

En 1950, unos socios de Somoza, la alquilaron y ahí establecieron un negocio de préstamos por garantía, que denominaron "Monte de Piedad", más bien, -decía Germán-, debía llamarse Monte de Pérdida, porque todo el que empeñaba sus prendas, relojes, revólveres, fincas, casas, medallones de oro, anillos, cadenas, platerías y muchas otras cosas de valor, el dueño original si no abonaba a los intereses y al capital, el asunto iba mal pues con el tiempo los réditos se iban multiplicando uno sobre otro mes, eso le hacía una cuenta impagable y así perdían los clientes su garantía.

Entonces, cuando la Biblioteca Nacional se estableció en ese lugar, al principio se oían gritos de dolor y se miraban pasar sombras, uno de los directores de esa época, un poeta que nunca estaba en su puesto y cuando llegaba era a leer y charlar con sus homólogos bohemios que lo visitaban, mandó a llamar al Obispo de la Catedral, para que llegara a rezar y bendecir toda la casa con agua bendita y así se aquietaran esos fenómenos más populares que demoníacos, según el poeta. El Obispo envió a un sacerdote con un gran hisopo y un balde de agua bendita, aquel cumplió su misión desde el sótano, donde se confirmó que había una celda con puerta y ventanas de barrotes de acero gruesos, hasta la azotea, donde se terminó la última gota de agua bendita. Según el bibliotecario, después todo volvió a la normalidad.

Ahora bien, entre los personajes que importunaban el silencio y el medio ambiente de la Biblioteca, sobresalen: Chico papeles, un loquito chaparro, panzón, andrajoso y hediondo, que cargaba cualquier papel que encontraba en su camino, entraba a la Sala de Lectura, especialmente el revistero y comenzaba a cargar entre sus papeles las revistas que atraían sus ojos. El mismo Germán era el encargado de quitárselas y sacarlo con modales de caballero de la Biblioteca, después que se descubrió su zanganada, se evitaba que él entrara, y  había que estar alerta, al final aprendió a no entrar, después de varios intentos, aseveraba Germán.

Otro que me daba dolor de cabeza era el Loco Arturo, llegaba los lunes de traje, chaleco y corbata, bien simpático era el hombre, al parecer provenía de una familia culta y rica, al entrar y salir, saludaba, luego buscaba la sección de libros en inglés, se ubicaba en la cabecera de una larga mesa, su lugar favorito, y, " leía" toda la mañana. Al medio día la Biblioteca cerraba y volvía abrir de 2:00 a 5:00 p.m. Puntualmente regresaba el loco Arturo por la tarde, pero con las orejas rojas y con aliento alcohólico El martes ya llegaba sin traje y con la corbata; el miércoles ya un poco sucio, sin chaleco; el jueves ya casi beodo, en calcetines y sin zapatos; y el viernes, su aspecto sucio, sin bañarse, con barba, sin camisa, con corbata y descalzo completamente. ¡Cuadro de compañero aquel!, decía Germán, como no era peligroso, ni exhibicionista, los bibliotecarios le permitíamos esa locura, pero una mañana llegó el nuevo Director, entró sorpresiva e inusualmente  por la puerta principal, nos regañó, nos dio una charla de pudor y nos mandó sacarlo y ordenó no admitirlo en esas fachas.

Caruso el vende periódicos, se ganó ese gentil apodo en memoria del tenor italiano Enrique Caruso, era un hombre sordomudo de complexión recia y un poco alto, se ganaba la vida como voceador de diarios, desarrolló sus pulmones de una manera admirable, su anunció se oía a cien metros a la redonda, decía así para anunciar el diario de la tarde, según Germán: " laaaaaaa peeeensaaaa, laaaaa peeeensaaa", con una ronca, sonora y potente voz,  única e inigualable, la gente cuando escuchaba el aviso, decía: "Ahí viene Caruso, apurate, alista los riales para comprarle el periódico" ; claro que sus gritos a la orilla de la Biblioteca partía en añicos el silencio sepulcral que en ese entonces se exigía en ese templo del saber.

El Cagón, era otro personaje que una vez entró y preguntó por el servicio higiénico, la respuesta fue fatal para él cuando se le comunicó, que no habían servicios higiénicos ni para los empleados ni para el público. Una de las fallas de ese inmueble que nunca se superó. Pues, haciéndose el disimulado buscó un libro que tuviera figuritas, meneaba la cabeza, se sonreía, mientras en una esquina oscura de la Sala de Lectura, hacia sus necesidades de pie y luego sacudía la pierna derecha hasta que la cochinada solida caía al piso, rápidamente ponía el libro en la mesa y se iba. Varias veces hizo lo mismo la señora de la limpieza lo descubrió y lo denunció, al otro día cuando volvió a llegar lo agarraron en el acto escatológico, lo echaron sin miramientos y con reprimendas.

Sin embargo, el más "nice" de esos visitantes era el Poeta perfumado, aunque mal vestido siempre andaba perfumado, se autoproclamaba pariente  del Poeta Rubén Darío, su patín era preguntarle a la gente que si le gustaba su perfume, si le respondían que sí, el les declamaba una poesía de su invención y hacía que la leía de unos papeles con versos que siempre andaba en sus manos.

A pesar de esos "inconvenientes, todo el tiempo que la Biblioteca Nacional pernoctó en ese edificio alquilado, alcanzó notoriedad, era visitada por muchos usuarios de primaria y secundaria, de vez en cuando llegaban algunos estudiantes universitarios e investigadores; alcanzó un alto nivel profesional y socio cultural, como no lo tuvo nunca antes. Y además, se ganó una distinción popular: "La Biblioteca que está en medio de los dos mercados", es decir, la Biblioteca del pueblo, finalizo diciendo, Gerrnán.

Mario Arce Solórzano

Managua, Septiembre, 2011.

Publicado el 26 de diciembre, 2011.

 

ANÉCDOTAS NICARAGÜENSES

 

EL VIAJE DE DICIEMBRE

Hoy 25 de diciembre, amanecí en la cama, relajado y sin efectos secundarios de algún elixir, de los que tientan a mis amigos. Pensaba que al lado mío encontraría a mi esposa y que nuestra hija, cuando oyera las voces matutinas, vendría a enrrancharse con nosotros en medio de la cama.

Eso era lo que pensaba antes de abrir los ojos. El olor a gallina en caldillo me arrasaba mi olfato y se derramaba en mi estómago un líquido furioso, desesperando más el encuentro gastronómico. La boca se me hacía agua y producía una saliva un poco más salada, y yo tragaba, saboreando ese delicioso manjar.

Lo raro era que no escuchaba ningún  ruido  en la cocina, debo estar soñando -me dije a mí mismo-, y seguí dormitando, pensando que no tengo que levantarme temprano, como todos los días, ni bañarme de madrugada con esa agua helada que sale del chorro. Tampoco vestirme a todo tren y luego tomar la leche con  café, como sí corriera los cien metros planos, -súper apurado-, despedirme de la familia y salir de casa como todo un padre de familia.

Caminar despacio el trecho del andén, pero agitado por querer correr, para llegar a la parada del bus. Inmediatamente, lampareo cuantas personas esperan el transporte público y me pongo como venadito, -nervioso-, esperando que el bus se detenga cerca de mí o pegar carrera, para subirme y luego comenzar a pelear un lugar para ir sentado, de lo contrario, quedaré atrapado en un mar de gente y la camisa que mi mujer, tanto se esmeró en plancharla, se va arrugando al paso de las paradas, pues es el momento de "quitate que quiero pasar".

Sigo acostado, disfrutando de ese día feriado. Parece que estoy solo, el resto de la familia siguen durmiendo. La casa está perfumada, deben ser las flores que me enviaron del trabajo. No se porqué sigo agitado, aún voy camino al trabajo en el bus, han pasado muchas paradas, y sigo apartándome de todo tipo de gente.

Los zapatos que todas las noches los dejo bien lustraditos, van pisoteados, sucios, llenos de lodo; las bolsas del pantalón, mágicamente se han salido dos veces, el pantalón parece ciruela, pues sus arrugas son más pronunciadas que las de la camisa, que en la parte derecha parece pasa, pues pasó a mi lado una señora gorda, restregandose en ella, e iba gritando: -"Parate, hijueputa, paraaateee", la pobre, venía luchando por salir desde que entró al bus.

Yo transpiraba copiosamente, quería salir de esa trampa mortal ileso, pero eso se hacía imposible. Me aliviaba el pensar que pronto llegaría mi momento de bajarme, de ese regalo del hermano pueblo venezolano, que había regalado una centena de buses nuevecitos, para evitar el apiñamiento del transporte público de nuestra ciudad capital, "pero que va", -dijo una señora, que platicaba a gritos con otra- "entre más grande es el bus, más gente le meten estos dueños de rutas, muertos-de-hambre". Pensé que ya era hora de levantarme, pero una música instrumental, acompañada de un silencio teatral, me detuvo.

Proseguí dormitando, encogiéndome como un gato entre las mullidas sábanas, que no se parecían a las de mi hogar. No me importó ese detalle. El sol, filtraba un rayo de luz por el vidrio de la ventana, haciéndome retornar al bus. Ya llevo 45 minutos de ir en él. Los oídos, los siento afectados por el ruido de todo tipo de transporte. Mis pulmones, marcan cierto nivel de contaminación y mis ojos lloriquean voluntariamente por la sofocación del bus, el humo del diesel, la gasolina y otros tufos y gases orgánicos.

Ya, a punto del vómito, divisé mi parada -"la del Banco Central"- y eso me reanimó, comencé a caminar como un tractor caterpilar, arrasando todo lo que estaba a mi paso, varios gritamos: "Parada, parada". El "Mercedez" se detuvo unos instantes y algunos salieron catapultados, al rugir de la despedida, de un viaje que hago todos los días del mundo.

 "Bueno, el viaje terminó", dije como para deshacerme del sueño de la rutina o de la holgura, que me ofrecía aquel ambiente. Antes de levantarme, le acaricié el trasero a mi mujer, como diciéndole: -"Ya basta de dormir". Pero no pude levantarme, porque mi jefe me requirió en esos momentos, en los cuales, uno no sabe o no quiere levantarse porque es un día feriado especial.

Comenzó el ajetreo del trabajo, en un descuido me fui al baño de hombres y saqué la cajita de lustrar y limpié mis zapatos, luego la guardé bien, "¡Gracias a Dios, el jefe no vio mis zapatos", dije apuradamente. Procedí a componerme la camisa y el pantalón, saqué el cepillo de dientes y el peine, me los lavé y por último me peiné, todo el lapso de un minuto. Cuando caminaba por el pasillo, de regreso a la oficina del jefe, pasé estirando la mano para buscar el frasquito de perfume y echarme por aquí y por allá, "siempre moderadamente" me decía mi compañera de trabajo y conocedora de ese ritual.

El perfume del frasco se me mezcló con el de las flores y la música instrumental con reguetón, el bailongo estaba en lo fino y apenas eran las 9:30 de la mañana, el jefe quería el informe "ra-flas", pero el muy inescrupuloso, como que no supiera que hay que digitalizarlo, después, revisarlo, compaginarlo, empastarlo y luego encolocharlo, llevárselo a su oficina, esperar que él lo revise y luego me llame y me diga: -"Ya lo revisé, corríjalo y me saca 4 ejemplares". Hasta aquí, se me pasó la hora del almuerzo.

El estrés de esta rutina ya me tiene "sudando la gota gorda" -con el permiso de toda la gente gorda-, estoy en un dilema: ¿me despierto o sigo trabajando? No, hombre, hoy es 25 de diciembre, dejá de mortificarte  y seguí durmiendo, le decía un voz desconocida, mientras que otra voz más cálida y cariñosa, me decía, "Papá, papá, despertate que faltan 5 minutos para las 12 de la noche."

Mario Arce Solórzano

Managua, 25 de diciembre de 2011

Anécdotas Nicaragüenses para las nuevas generaciones

 

PERSONAJES "RAROS" DE LOS MERCADO: BOER,  SAN MIGUEL Y CENTRAL

"La Juana Mora y don Efraín"

Mario Arce Solórzano 

La Juana Mora, se acomodó en su silla, mientras la hija de don Efraín les servía una limonada con hielo a cada uno, la Juana dio unos sorbos y le brindó las gracias a la Julita y sin preámbulo alguno, le dijo doña Juan a don Efraín, "yo no sé si vos te acordás de los locos que se escapaban de una sección del Hospital General, que se localizaba a unas cuadras del mercado Bóer, y que detrás de él cruzando la calle está situado el San Pedro, el primer cementerio de Managua, se desnudaban y caminaban por todo el mercado, espantando a muchachas, niños y mujeres que gritaban aterradas por el espectáculo de desnudez de esos loquitos. Además, recuerdo que La Chepona, corría a cubrirlos con un delantal a cada uno -creo que eran dos- para que los niños, niñas y muchachas inocentes no les vieran sus partes".

Fijate, que no, nunca los vi, a quien recuerdo, le dijo don Efraín a doña Juana, es a Pedro Infante y a Bienvenido Granda, dos borrachitos que se aprendían las canciones de esos personajes y después andaban cascando a los clientes y poniendo serenatas, para beber guaro a costillas de otros, en las diversas cantinas que bordeaban el mercado. Y después, cuando se les acababan esos clientes, buscaban entre las vendedoras más pudientes, posibles clientes. Se parapetaban cerca de ellas, sacaban la mejor canción de su reducido repertorio y se la cantaban con gestos y ademanes melosos. Si le gustaban, se ganaban sus monedas y se iban contentos, de lo contrario buscaban otra clienta.

Y a la Ruperta Loca, que lo prestaba por un chelín, me parece que si, le dijo don Efraín a doña Juana. Eso si que era de locura y para morirse de risa, siguió hablando la Juana Mora. Ella era una mujer grandota, andaba despeinada y andrajosa, con un bolso de dama de alta alcurnia, sacado de algún basurero, y a todas voces anunciaba: " lo presto por un chelín" , " lo presto por un chelín"... y cuando un incauto caía, le decía: "Haber, aquí está el chelín, ¿dónde me lo vas a dar?" , ella se apuraba en tomar la moneda y le decía: "Aquí no más, y sacaba del bolso un espejo y un peine y se lo entregaba a los abusados clientes" , mientras toda la gente del mercado Bóer estaba a la expectativa, para después carcajearse y burlarse de los libidonosos incautos, que se miraban y peinaban por cinco moneditas de cinco centavos, y después un tanto avergonzados, le entregaban esos objetos a la mujer, que pacientemente esperaba con una seriedad de loca.

Ahora, que me estás iluminando mi lucidez, le dijo don Efraín a la Juana Mora, dejame contarte de algunos orates, lunáticos y personajes emblemáticos, que conocí tanto en los mercados San Miguel y Central, mercados éstos que apenas los separaba una calle. Poné atención, si miento, me decís mentiroso, okey. Bueno, si vos venías caminando de la calle 15 de septiembre, desde la esquina de la Tienda Alicia hacia el norte, o sea, al lago, vos llegabas a la Farmacia Ramos, un edificio de dos plantas situado en lo propia esquina, en el piso de arriba, tenía su estudio el pintor alemán nicaragüense don Jorge Emilio Münkel, tremendo pintor que usaba a las mercaderas más hermosas de modelos para sus desnudos, artista, pintor, músico y cineasta, no descubierto aún por ningún estudioso de la pintura o del arte nicaragüense. De esa esquina, caminabas otra cuadra más y sí te parabas en mitad del final de esa calle, tenías enfrente, a mano izquierda al mercado Central y a mano derecha al San Miguel, a partir de allí comenzaba un alboroto inimaginable... Ya me hiciste de chicle el cuento, vos Efraín, le interrumpió la Juana Mora... Esperate niña, ya te voy a soltar la guitarra para que cantés tu tango, pero esperate, eeeh, le contestó don Efraín, frunciendo el entrecejo y como regañándola.

Entonces, el venerable anciano retomó su descripción y prosiguió, diciendo, desde donde me dejó de pie la Juana Mora, - la volvió a ver por si acaso refunfuñaba-, y a mano derecha, quedada la Farmacia Managua, en la propia esquina, ahí en las gradas se sentada una anciana del norte del país por su aspecto campeñano, con un delantal y una guitarra a cantar la gesta de Sandino, cuando Sandino no era tan conocido ni idolatrado como ahora; era vivaz, con anteojos de carey negro y su voz imponente. Le decían " La Juglar del Norte" , -según su testimonio, dice, que así la llamó el poeta José Coronel Urtecho, una mañana que pasó por ahí y se detuvo a escucharla, " hasta un abrazo me dio el poeta" , decía con orgullo-, en sus cantos populares se burlaba de Somoza y del piloto y el avión derribado, que mandó para invadir Cuba y derrotar a Fidel Castro, en apoyo al imperialismo yanke invasor, -decía ella con un cantar regañón-. Era tan convencedora que el que disfrutaba sus canciones, se bolseaba para regalarle unas cuantas monedas.

Anécdotas Nicaragüenses para las nuevas generaciones

 

PERSONAJES "RAROS" DEL MERCADO ORIENTAL (1950 - 1965)

Mario Arce Solórzano

El mercado despertaba con la aurora pues aparecían los primeros compradores, que madrugaban para abastecer sus pulperías, comiderías, restaurantes, alacenas de las casas o comercios caseros en los barrios del oriente de la capital. También tenía sus personajes folklóricos. Recuerdo a un tal Pellejo, así le decían, porque la vejez le llegó temprano y los músculos de su cara se tornaron flácidos y le guindaban como pellejos de perro. Se vestía totalmente de blanco, saco y corbata, era muy amable y salía de su casa con un maletín de doctor; por tal razón, lejos del barrio lo motearon como "El doctorcito". Apodo que no le duró mucho porque un día de tantos se pasó de tragos en la cantina de la "Ya-te-vi-Chona" y se lo robaron, unos dicen que lo dejó en pago por el licor consumido y otros, que Rubén "El Mago" Olivares, -un ladroncito desvergonzado- en un acto de magia lo hizo desaparecer junto con su presencia. 

Pellejo se las daba de intelectual, por las tardes salía a puertear en la acera de su casa, o a leer el periódico del día y saludar efusivamente a cuanto vecino o extraño pasaba cerca de él. Resulta que provenía de una familia de rancio abolengo, su papá había sido doctor, especialista en medicina interna de los buenos e inculcó en su hijo el estudio de las ciencias médicas, pero éste se dedicó a la vagancia con el dinero del padre. Encontró a doña Estela Margarita, una linda y trabajadora mujer, alta, blanca, hermosa rubia de ojos verdes que tenía espíritu de comerciante. Se casó con ella, decía, "Margarita es la mujer de mi vida" y su padre lo desheredó ese mismo día, con un mensajero anónimo le envió su viejo maletín de trabajo con una nota dentro de él, que decía:

"Estefanía Heriberto:

Querido hijo mío. No existe mejor herencia que el estudio. El día que recuperes tus cabales y quieras graduarte de médico, mis posesiones materiales estarán a tu disposición para todo lo que quieras.

Tu padre,

Dr. Gastón de la Penca y Corrales".

"La Chilonga" era otro personaje muy divertido, la gente la creía loca pero era más cuerda que cualquiera, alta, de hermoso parecer, vestía estrafalariamente y deambulaba por todo el mercado por puro placer. Cierto día un hombre se le acercó para ofrecerle dinero por su cuerpo, ella se hacía la loca y le decía con sus grandes globos oculares resaltados: "Ajá, vos querés hacerme con eso, aquí, -y señalaba los genitales-, luego alzando la voz le respondió encolerizada: "nojodashijodelagranmilparesdelagran-putáaa, -lo decía como retahíla o trabalengua-, andá hacéselo a tu madre", y la gente alrededor soltaba las carcajadas; entre las mercaderas se decía que "La Chilonga" era loca pero no puta. Sí, se defendía ella diciendo: "Yo soy una mujer muy honesta y de buena familia, aunque no lo aparente" y daba un arrendón a su pelo largo de cobre rizado y alborotado de Gigantona.

El "Indio Blas", el más olvidados de esos personajes que fueron borrados por el tiempo y la historia en los primeros años de ese mercado. A ese sí se les corrieron las tejas de verdad. Era de mansa locura, mendigaba para comer, era servicial y cuando estaba lúcido se ponía frente a los dueños de tramos, pedía trabajo, diciendo:  "Patroncita, el Indio Blas es trabajador, en qué le puedo servir" y la fraternidad de los mercaderes no se hacía esperar: "Ve, llevame esta basura al basurero"; "andate donde la Tere y decile que me mande un vaso de avena con leche con mucho hielo"; "ahora anda buscame las cabezas de plátanos en la carreta que está allá y me las traes", así se ganaba unas cuantas monedas. Gustosamente caminaba con una sonrisa, sosteniendo el producto de su trabajo en las manos y diciendo: "Vaya pues, el Indio Blas es trabajador".

Antes que se me olvide, una característica inconfundible del Indio Blas era su caminar bamboleándose, al principio era risible verlo tambalearse de un lado a otro para avanzar, lo hacía lentamente, parecía el cruce de un pingüino con una tortuga en la tormenta de la vida. Nadie sospechaba que padecía una rara enfermedad, que lo lanzaba al suelo con convulsiones y espasmos musculares tremendos, hasta que La Chilonga lo auxilió un día y después regó el chisme por todo el mercado, pues ella se convirtió en el periódico ambulante, estaba al día con todo tipo de acontecimiento, virtud que la convirtió en bienvenida entre los dueños de tramos y venteras de canastos. Las mercaderas la adoraban por su don amistoso, desenvoltura de lengua que acompañaba con gestos y expresiones graciosas.

El Indio Blas había hecho su casita con un canasto viejo y cartones en una esquina en medio del mercado, lo desalojaban muy de mañana los de la limpieza, lo regañaba el Intendente, aún con todo el anochecía y amanecía en ese lugar. La enfermedad lo fue minando, ya no trabajaba pero se las ingeniaba para sobrevivir, ahora su mejor defensa era la temblorina, que era una secuencia sucesiva de sismos corporales con intensidad de terremoto humano. A la hora del desayuno, almuerzo y cena, se iba al sector del comedor, o de los refrescos, o a las comiderías, a la orilla de cualquier ciudadano que estuviera comiendo, se paraba en puntillas con los brazos flácidos cruzados sobre el pecho y comenzaba a temblar frenéticamente, a cualquiera impactaba y llamaba su atención. Le preguntaban que qué tenía, el contestaba: "Hambre", y con qué se te quita: "Con comida", respondía agitadamente y después de obtener su propósito volvía a la normalidad.

Si ese era un truco, le funcionó siempre, puesto que todo el mundo lo socorría con comida, aunque fueran las sobras pero él ganaba su pan agitadamente con su temblorina. Y así como llegó al mercado, sin avisar, así desapareció, al poco tiempo muy  pocas personas se acordaban de él, pero sí por mucho tiempo no se olvidaron de "la esquina del Indio Blas" que quedó como referencia de direcciones internas de ese mercado. Lo mismo le pasó a la Chilonga, desapareció sin dejar rastros, pero de ella se dijo que la conquistó un ganadero rivense, le prometió casamiento, ella aceptó y nunca más se tuvo noticias de ella.

 

EN LA BAHÍA SE MULTIPLICARON LAS BIBLIOTECAS

-Anécdota Bibliotecaria Nicaragüense-

A Jane Mirandette

La Bahía de San Juan del Sur siempre ha sido un hito histórico en Nicaragua, hoy en plena segunda década del siglo XXI, la han convertido en sitio turístico plagada de hoteles y de varias lenguas: inglés, francés, italiano, entre otros. Y frente a un hotel gringo, unos niños y niñas, le tocaron el corazón a una mujer que le enseñó a leer su abuela y ella se convirtió en la "abuela virtual" de los niños sin libros.

Antes de la construcción del Canal de Panamá por el pueblito de la Bahía pasaron, toneladas de oro, de dinero, de sueños y entre los viajeros, siempre distinguían los que portaban un libro, una revista, un periódico, que nunca pudieron éstas publicaciones, encontrar albergue ni siquiera en una choza, pues alguien hubiese soñado bibliotecas de barquitos que contaran estos cuentos.

Quien pensaría en bibliotecas en aquellos rústicos, bellos y despoblados parajes, pero en la intrepidez de una gringuita, Mary G. Childs, ella con su pluma y su palabra sembró la magia de las bibliotecas y el turismo, éste lo consumó en una cabalgata que realizó entre el pueblito y el puerto lacustre La Virgen del lago Cocibolca, y lo otro lo dejó escondido en el tiempo como una hada. La vivencia de esta gringuita la dejó escrita en una carta que resaltaba las bellezas naturales y turísticas de esta parte de Nicaragua.

Simbólicamente, esa carta inició el camino de las bibliotecas en San Juan del Sur. Muchos poetas y escritores venían a inspirarse, el pueblito fue más conocido, sin biblioteca y con pocos libros.  Muchos años después, en tiempos de Somoza había en el pueblecito una escuela y después una maestra jubilada, que a punta de necear al alcalde, hizo nacer la Biblioteca Pública de San Juan del Sur.

Para ser eterna nació, pues las niñas y los niños llegaban a realizar sus tareas e investigaciones, pero no habían libros adecuados para sus estudios, eran un poco de libros viejos, rayados, colecciones de periódicos incompletos y enciclopedias que no ayudaban mucho y algo muy importante, siempre estaba cerrada porque el Alcalde no pagaba el salario a la bibliotecaria, que de aburrida abría la Biblioteca aunque no le pagaran.

Esa era la situación que yo encontré en 1970 cuando inicié la visita y el tomar nota de las bibliotecas del Pacífico, pues ése iba a ser mi tema monográfico en la universidad. El tiempo pasó entre biblioteca y biblioteca, hijas, hijos, esposa y reuniones bibliotecarias, cuando en una actividad conocí a una gringuita, que tiempo atrás ya venía remando en tierra con un nuevo tipo de biblioteca. Encontró la magia y la visión  de la otra gringuita había sembrado en esa región.

Rosa Argentina nos presentó, "yo Jane" me dijo, y le contesté: "I'am Mario", ella sacó de un bolso grande una tarjeta de invitación al noveno Aniversario de la Biblioteca Pública Móvil San Juan del Sur y me la dio. "Quiero que venga. Yo invito", me dijo en un español cantadito. Ella es energía cien por ciento, se distingue por su manera de vestir, como ave del paraíso, usa accesorios en el cuello y los brazos de vivos colores, que contrastan con su chelura, es muy hábil para movilizar gente y tiene una generosidad grandiosa como sus sentimientos y siempre carga consigo un bolso vistoso.

¿Qué es lo más sobresaliente de esta celebración?, le  pregunté a Jane, bueno, hemos establecido una Biblioteca en San Juan del Sur, luego hemos visitado a muchas comunidades, en cajas empacamos una biblioteca de acuerdo a las necesidades de ellos y en la camioneta las vamos a dejar. Ahí quedan en calidad de préstamos por eso le llamamos bibliotecas prestatarias. Y esto lo ha logrado a través del tiempo y esfuerzo, le confirmé. Así es. Tengo entendido, también, le dije, que tanto la Sub Dirección de Bibliotecas Públicas como la Dirección de la Biblioteca Nacional, que la dirigía Jimmy Alvarado Moreno, cuando Usted vino a inscribirlas, se las rechazaron, porque no sabían cómo tipificar esas bibliotecas. Si, así fue, Mario y fíjese, a mi me dio una pena enorme, investigué en la ALA (American Library Association) y después todo se arregló.

Llegó el día de la celebración, ella dispuso de un microbús para los y las compañeras de Managua, y en mi caso, alquiló un taxi para que me acompañaran mi esposa y mi hija. Nos reunimos todos en un hotel de su propiedad, nos instaló a todos y todas, habían invitados de un College de Denver y ella muy contenta, nos presentaba a los maestros en inglés y mi hija, esposa y este su servidor, nos volvimos un poco tímidos. ¡En ese instante me arrepentí de no haber terminado la media docena de cursos de inglés que nunca terminé, pero que tampoco olvidé!

Ya en confianza yo insistía en llamarla "Yane", ella de vez en cuando y muy educadamente me decía "is Jane". Y en medio de todas las gringas, buscaba como compartir un poco de conversación en un bilingüismo horroroso. Había muchas actividades para los visitantes, cursos, trabajo voluntario y en la tarde, habría una concentración en el parque central y en él ya dispuesta, una tarima para las personalidades, como de 2 metros de alto. "Yane, yo no puedo subir ahí", le dije y me contestó con una vocecita de paloma San Nicolás, "No preocupar, Mariou, no preocupar".

Después del almuerzo visitamos la Biblioteca, estuvimos con las colegas mientras terminaban sus trabajos manuales. Las gringuitas llegaban y yo cada vez me apropiaba de ciertos giros del inglés, aunque proporcionaban más risas que otra cosa, ellas comprendían el esfuerzo, Jane, que en todo estaba, llegaba dando instrucciones en inglés y quien sabe que cosas decía del único que estorbaba con el asunto del idioma.

A las 4:00 p.m. comenzó el acto central, los personajes se acomodaban y 6 hombres peleaban con mi silla de rueda, hasta  que sentí que había llegado a popa con un poco de presión alta, disimulé, porque proa ya estaba ocupada. Decenas de niños y niñas con su  uniforme colegial y un centenar de niños y jóvenes sanjuaneños, todos de pie, mientras sonaban las notas del Himno Nacional, miraba yo borrosamente.  El malestar pasó

El sacerdote de la Parroquia bendijo el acto de una manera muy particular, y contagiado por el hábito lector, culminó rápido su bendición. A continuación Jane, me presentó como invitado especial, compartí con los niños el concepto de Bibliotecas Prestatarias y pregunté cuantos habían leído 5 libros en el presente mes y todas las manos señalaban un cinco ¡Que alegría sentí en mi corazón!, cuando constate la veracidad de ese esfuerzo-hazaña, que se hace a través de los programas de la Biblioteca Pública Móvil San Juan del Sur.

Luego, los alumnos del College partieron varios queques y lo compartieron con todos los niños presentes, mientras eso pasaba, yo resistía  mi bajón de presión sanguínea, por una parte de la tarima, donde me bajaban unas manos generosas y cuando llegué a tierra, me pareció que zarpaba el barco de mis sufrimientos, pero al momento ya pisaba tierra firme. En el parque habían piñatas, repartieron esquimos gratis, golosinas y la fiesta del libro v la biblioteca era un éxito bilingüe. Y todo con un orden como nunca lo había visto antes en los festejos de mi país y mi gente.

Pensé que ahí terminaba la celebración y en inglés me informaron que faltaba la cena de despedida y el baile de los alumnos del College. Nos trasladamos al área del puerto, donde ya disponían un oloroso y apetitoso sabor a comida, llegaron los alumnos en ropa casual, hicieron fila para recibir su plato de comida, buscaron un lugar guiados por sus profesoras. Nosotros también hicimos fila, el filete de pescado y las brochetas de pollo con jamón, estaban deliciosas.

En medio del panorama nocturno del puerto y de las luces de los barcos en la bahía, aparecieran unas "beer" heladas por aquí, otras "bichitas" por allá, la música encendió la llama de la piñata que colgaba del techo, que los estudiantes intentaban quebrar y el relajo y la gritadera bilingüe era lo más, romántico de aquel intercambio cultural.

En todo momento yo aprovechaba "hablar" con una, con otra, con otro y cuanto gringuito estuviera cercano a mí. De cierto que eso me activo mi memoria "inglesa",  ya al final de semejante fiesta, cuando ya nadie estaba excepto de tirar la primera piedra, hilvané en inglés, un agradecimiento al   estilo inglés de mi exquisito profesor de secundaria (James Thomas) y muy cortésmente y con excelente pronunciación, se lo dije a Jane.

Yo pensé que me saldría con un "Thank You ... our welcome", pero que va ser, Jane, dio un salto para atrás y dijo como horrorizada: "El sabe inglés y todo el día nos ha estado engañando", ... y  no le pasaba: "él sabe inglés, así no se vale"... Hicimos el relajo de partida, buscamos el transporte, nos despedimos y lo último que Jane me dijo: Mariouu y con su dedo índice lo sacudía hacía mí como desafiando el futuro.

Mario Arce Solórzano  /  Bibliotecólogo

Managua, 11 de noviembre de 2011.